Parece ser que impera una gran confusión respecto a términos tales como "ecólogo", "ecologista", "ecosistema" y más aún con otros como "impacto medioambiental" (terrible redundancia, pues "medio y "ambiente" son sinónimos).
Algunas asociaciones y grupos políticos parecen obsesionados con la idea de atacar e impedir cualquier manifestación de progreso - especialmente si ésta favorece a las clases "pudientes"- bajo el estandarte de "preservar la naturaleza" y otras consignas que en principio suenan bien, a la vista de los destrozos que el crecimiento incontrolado ha propiciado en estas islas.
Como no soy aficionado al golf, no voy a ahondar en esta cuestión, aunque no veo tan gran pecado en vestir nuestros valles con una verde y tupida alfombra vegetal; en andar apaciblemente por estos prados y en golpear una pequeña pelota que -eso sí hay que reconocer- está fabricada con material "no biodegradable".
Campos de golf y Puertos deportivos. Sólo pronunciar estos nombres la reacción es inmediata: ¡anatema!
Pues bien, señores verdes (más o menos verde-claro o verde-oscuro):
Un puerto -aunque sea administrado desde tierra- no es precisamente patrimonio terrestre. Debemos considerar los puertos como un apéndice del quehacer marinero; una prolongación del mar en tierra. Son refugio obligado, necesario e innegable del hombre que vive en la mar, trabaja en ella o simplemente la surca por placer.
Legislación, la que haga falta: recogida de aguas sucias y de aceites contaminantes; tasas e impuestos sobre ruidos; control de los vertidos; y un largo etcétera de normas que, simplemente, hay que cumplir o hacer cumplir.
Unas breves consideraciones:
El automóvil en el cual usted se desplaza cotidianamente; en el que acompaña a sus retoños a la escuela - con sus aulas calentadas con gas propano-; la lavadora y el lavavajillas que su amante esposa utiliza a diario; el aceite vegetal con el que fríe esas patatas tan ricas que sólo ella sabe hacer; y tantas otras cosas con las que no quiero aburrirle, éstas sí que contaminan. Y usted -tan pancho- sigue conviviendo con ellas y permitiendo que su fiel esposa y sus queridos niños las utilicen a diario.
Deténgase unos instantes frente a un yate de vela, que navega plácidamente sobre el mar. Fíjese bien: utiliza la energía eólica para avanzar; utiliza las olas y las corrientes (energía cinética de las moléculas del agua) para planear y para derivar; utiliza el sol, del que absorbe la energía necesaria para el funcionamiento de sus instrumentos electrónicos, aunque -si mucho me apura- ni siquiera éstos precisa, pues puede valerse de un piloto de viento, un anemómetro manual, una corredera, un escandallo, un compás de marcaciones y un sextante, amén de cartas náuticas y derroteros. En fin, puede usted disfrutar de la vida y dejarse invadir por bellas sensaciones, en máxima comunión con la naturaleza. Tan sólo le pido una pequeña transigencia: que permita a este "monstruo" - la más perfecta máquina ecológica sobre la faz de la tierra- y a su patrón, disfrutar de un merecido descanso, reponer víveres y reparar las pequeñas averías que el imprevisible mar le haya causado.
Permítanos, por favor, llegar a puerto.