La Marina, futuro east-end de Ibiza

Cuando comentamos con quienes llegan de visita a esta isla, fuera de temporada, que Ibiza forma parte del Patrimonio de la Humanidad, generalmente asocian tal privilegio con la llamada "Ciudad Vieja". Es decir: los barrios de La Marina, Sa Penya y Dalt Vila, relacionándolos con casitas de pescadores, calles empedradas, fachadas inmaculadas, murallas medievales y tallercitos artesanos. Quizás desde lejos - desde muy lejos- pueda producirnos esta impresión. Pero a medida que nos vamos acercando -en un continuo travelling- y nos vamos internando en ellos, descubrimos la cruda realidad. Y nos encontramos frente a un espectáculo entristecedor: ni pescadores, ni paredes blancas, ni artersanos. Sí , en cambio, fachadas ruinosas recorridas por cables eléctricos, enjambres de antenas, contenedores , cabezas tractoras y una hilera de garitos, cerrados y en un patente abandono.

Alguien, en un desesperado intento redentor, nos aclara la situación : "Es que usted lo ha entendido mal: lo que incluye tal Patrimonio es tan sólo una parte de Dalt Vila, el Puig des Molins, Sa Caleta y el ecosistema isleño". De La Marina, nada. Ni Partrimonio de la Humanidad ni tan siquiera de los ibicencos.

En los últimos años este barrio ha sufrido un éxodo fulgurante. Sus viviendas han sido abandonadas progresivamente. Sus locales han perdido su encanto marinero, dando paso a negocios esporádicos, puramente de temporada. Tiendas de souvenirs prefabricados, un falso mercadillo hippy, pizzerías, espagueterías, hamburgueserías y chinos. Negocios para amasar dinero fácil, que abren sus puertas tres meses en temporada par "hacer el agosto" y dejar luego al barrio sumido en la tristeza, el abandono y el silencio.

De este descalabro nos quedan tan sólo un par de restaurantes - La Taberna del Puerto de La Marina y la Fonda Formentera- que mantienen un aire tradicional y respetuoso con el barrio y que ofrecen un ininterrumpido servicio a sus visitantes durante todo el año.

Y la vida sigue. Sigue más allá de este viejo barrio. La auténtica vida se desplaza, despacio pero firmemente, al otro lado de la bahía que conforma el puerto. A su zona norte, más soleada, más limpia y más acogedora. Con sus puertos deportivos, su casino, sus nuevos restaurantes, su amplio paseo que llegará hasta el faro del Botafoch, sus viviendas a escala humana, sus comercios ( librería, farmacia, supermercado, peluquería, boutiques, inmobiliarias, tiendas y oficinas náuticas, taxis, etc.). Un barrio donde todo funciona. Un barrio orientado al sur, como es de rigor.

Y desde allí, desde la terraza de mi pequeño apartamento del paseo Juan Carlos I, asisto con pesar al espectáculo de degradación de un barrio - frente a mí- que un día fue digno de tal nombre y que ya no lo será más.

Y cuando el día empiece a alargar su crepúsculo y el calor apriete pero no ahoge, dará comienzo el hervidero de bares para guiris, con su popurrí de músicas disco, con sus terrazas (que no son tales, sino parcelas de calles) sembradas de taburetes inestables y mesitas altas. Con sus cócteles de licor barato con bengalas y paraguas chinos. Con sus pancartas anunciando la fiesta semanal del día: "Día de los italianos, de los gays, del DJ de turno". Reventa de entradas y ofertas de todo tipo - legales y no tan legales- . Se instala el caos. Y el barrio, como un ser agonizante, se revuelve, defendiéndose como mejor puede, adquiriendo el aspecto de un monstruo deforme.

Lejos quedan los sueños y ni tan siquiera hay lugar para la nostalgia y la añoranza. El viejo puerto, los pescadores, los locales con sabor marinero, los largos paseos, los encuentros inesperados, los deseos y las ilusiones darán paso a hooligans, clubbers y trancers, acarreando borracheras y caídas libres desde un segundo piso. La Marina ha entrado irremisiblemente en su recta final. Pronto tendremos en la zona más histórica de la isla, un renaciente east-end, mientras asistimos ,impasibles, a un inevitable suicidio urbanístico.