Mi vecino se llama Andreas. Es alemán y pertenece, por tanto, a nuestra querida Comunidad Europea. Posee un negocio junto a Vara de Rey en donde vende insólitos objetos que hacen feliz a media Ibiza. Paga sus impuestos, sus alquileres, la gasolina de su coche y las cuentas de los restaurantes en los que come y cena. Es amable, cordial y bien educado; y además -según mis amigas, que para eso son unas harpías- es guapo y atractivo. Se desvive por hacerte un favor. No se molesta cuando mi amiga Maribel -que ha olvidado las llaves de casa- le despierta a las tantas de la madrugada para que le abra la puerta. En fin: un ciudadano modélico. Pero, por lo visto, ha cometido un delito que nuestra sociedad -tan avanzada y permisiva- considera imperdonable: haber nacido poseyendo en la pareja de cromosomas número 23 de su ADN, la secuencia X2928. Así de sencillo. Una característica como la de tener ojos azules, ser pecoso, pelirrojo o zurdo. Una "diferencia" que - aunque algunos prefieran ignorarlo- a muchos de nosotros nos ha hecho sentir más humanos, instalándose en genios como García Lorca y Walt Whitman, Oscar Wilde y Lord Byron, Rimbaud, Verlain y André Gide (y si mucho me apuran, Pedro Almodóvar). Y también, como no, en un apreciable número de gobernantes, ministros y alcaldes a quien todos conocemos -estén dentro o fuera del armario- y en cuyas manos abandonamos, día tras día, nuestro destino.
Quien más, quien menos posee variantes en sus genes. Quien más, quien menos aumenta o reduce sus niveles de testosterona y estrógenos dependiendo del momento, situación o estado de ánimo en que se encuentre y en función del estrés, de su mala leche o de si le va a venir la regla; o sea que -científica y sociológicamente hablando- todos somos más o menos hombres o, si se quiere, más o menos mujeres. Algunos tenemos los hemisferios cerebrales intercambiados y somos más hábiles con la zurda ( así, a bote pronto, me viene a la memoria una lista de zurdos insignes: Leonardo, Picasso, Einstein, Lewis Carroll, Jimmy Hendrix, Paul McCartny, Mc.Enroe...), y no por ello somos considerados ciudadanos de segunda.
Así pues que un buen día, Andreas y su pareja Alex decidieron instalarse en Ibiza: ¡paraíso de la libertad?
Mucho se había hablado de esta isla como albergue de las ideologías avanzadas; del respeto a las diversas formas de ver y vivir la vida; de su permisividad y de su comprensión. Hectolitros de tinta y hectáreas de emulsiones fotográficas invadieron el "mundo mundial" hablando de aquellos que, en los años setenta y embebidos del romanticismo de Byron y del inconformismo de Dylan, buscaron refugio en estas islas para <transfigurar la vida en sueño>. Y mis amigos se lo creyeron.
Y así pues que otro buen día, decidieron regularizar su situación constituyéndose en pareja de hecho.
Fue todo un acontecimiento. Sensacionales titulares en la prensa local alardeando de "ser los primeros", así como políticos y representantes de la administración chupando cámara (computando, sin duda, posibles futuros votos). Y de pronto, un buen día, casi por azar y sin comerlo ni beberlo, tras la denuncia en comisaría por el hurto de su reloj de pulsera, Alex se encuentra sorprendentemente confinado en un inmundo calabozo tercermundista y tratado como lo que, para ellos, es: como un vulgar mariquita. -¡Manda cojones, Romanones!- diría Umbral.
Y por ser "sudaca", puesto de patitas en la calle.
Y éste - a grandes rasgos- es el cuento. Sólo que "no fueron felices ni comieron perdices".
Aquí va la reflexión:
A ver si se dan por aludidos quienes ejercen de inquisidores, sean políticos, comisarios o jueces.
1º. Estamos hartos de pantomimas ensalzando y defendiendo a ultranza conceptos semánticamente tan vacíos -pues a fuerza de ultrajarlos han perdido su significado- como los derechos de la mujer, la igualdad de oportunidades, la no discriminación por cuestiones de sexo, de raza y de lo que usted quiera.
2º. Las inclinaciones y prácticas sexuales de cada uno -tratándose de seres adultos y libres- son patrimonio exclusivo de su intimidad.
A mí me la trae floja que un admirado empresario, un respetable político o una fulgurante estrella del rock se lo monte al más puro estilo buñueliano en Belle de jour, andando a cuatro patas con un collar de castigo y atizado por una malvada "habillée tout en cuir", o que se la casque con una foto de la Pamela Anderson o el Rocco Siffredi. Allá ellos.
3º. El grupo zoológico humano -desde el Australopithecus hasta el Homo Sapiens- no se ha "preocupado", en sus cuatro millones de años de existencia, de si era o no era "homo", "bi" o "heterosexual". En palabras de Tao-te-ching: <cuando se creó la noción de lo bello apareció la fealdad; cuando se definió lo bueno apareció el mal>. A lo que podría añadirse: "cuando nos declaramos heterosexuales apareció la homosexualidad".
Y 4º. No me vengan con excusas de mal pagador; con que está científicamente comprobado y con que " la abuela fuma"; ni con que se trata de un error de la naturaleza, pues gracias a un "error" andamos de pie, reflexionamos y nos comunicamos a través de un lenguaje articulado. Gracias a un "sabio error de la naturaleza", hace unos pocos miles de años, dejamos de ser antropoides para convertirnos en humanos.
Al menos la mayoría.