Carall bernat
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Si usted decide recalar en el bello paraje de Cala Benirrás (en el Port de Sant Miquel), encontrará, en su entrada, un islote conocido como Cap Bernat. Pero si investiga un poco, hablando con los más viejos del lugar, descubrirá que, en realidad, su nombre es el de Cavall Bernat, o más exactamente Carall Bernat. Evidentemente, un islote no es un cabo (cap) y aún menos un caballo (cavall).

Recuerdo que, cuando niño, solía salir con mi madre en busca de rovellons (algo así como los pebrassos) desde Santa María de Palautordera, a los pies del Montseny. Desde la perspectiva de mi corta estatura, una montaña puntiaguda se me antojaba imponente. A la pregunta (ya saben que los niños son un coñazo preguntando) de cual era su nombre, siempre oía la misma respuesta: es el "Cavall d'en Bernat", ¡coño, ya te lo he dicho veinte veces! Yo contemplaba una y otra vez aquella formación vertical sin acertar a descubrir caballo alguno y menos aún el perfil de un apocalíptico jinete de nombre Bernat (que por aquel entonces era como se llamaba el tonto del pueblo). Hasta que un buen día, mi primo mayor -con el paternalismo picarón que caracteriza a los primos mayores- me susurró al oído: <¿es que no lo ves, gilipuertas, que es un carall ?*> (o sea, una polla como una olla). Y además en erección, pues bernat, en catalán, significa exactamente eso.

Haciendo uso de la cualidad espacial que domina en el homo sapiens macho, alcé mi vista al cielo y ¡hete aquí, que tonto había sido!; ya no cabía la menor duda: aquello era indefectiblemente un gran "carall bernat", osease: una gran polla en erección.

Volviendo al islote que nos ocupa, mi amigo Pep Costa me cuenta una leyenda, según la cual todo aquel que se lanza al mar desde su punto más alto, sufre una metamorfosis que le hace cambiar de sexo (digo yo, si no es que te lo dejas por el camino). También, y más modernamente, se ha dado por llamarle la "Reina Isabel" (Queen Elisabeth), pues, si se encuentra el ángulo adecuado -sin haber tomado nada, eso sí con un poco de imaginación- se descubrirá el perfil de dicha reina, coronada y sentada en su trono (¡cómo son esos británicos!).

Leyendas y alucinaciones aparte, lo que es innegable es que este islote culmina en una forma fálica como la que, de niño, veía en el Montseny. La geografía catalana está plagada de estos topónimos y no es casualidad que todos ellos presenten formas similares.

Todos mis respetos hacia el insigne lingüista Enric Ribes i Marí, que en un inapreciable estudio del que he bebido continuamente para esclarecer la toponimia de estas islas (*), concluye, desechando mi humilde teoría (¿o, más bien, evidencia?), que los cavalls, caralls y cargols tienen su origen en el radical pre-románico "-kar" (=piedra, roca). Yo me inclino más bien por el respeto a la sabiduría de los viejos del lugar, y sin asomo de escándalo, pues la cultura popular está llena de nombres "malsonantes" y connotaciones sexuales. Ya me lo decía mi madre: <¡es que estáis siempre pensando en lo mismo!>.